Bueno dejándonos de cosas ambiguas y exactas a la vez iré al grano, decía que me enamoré. Sí iba pateando una chapa de algún tipo de refresco que alguien había dejado abandonada a merced de mi zapatilla, le di una patada demasiado fuerte emitió lo que a mi se me antojó un chillido y salió volando unos metros hacia delante, rodó unos centímetros más y se coló por una rendija que daba a las alcantarillas y me quedé sin la minúscula diversión que eso me proporcionaba. Miré hacia el frente y la vi sentada en lo más alto de un tobogán de un parque infantil, era una gata preciosa de un pelaje color grisáceo que degradaba en una especie de marrón canela al contacto con la luz del sol del atardecer, unos ojos verdes como el jade que me miraban titilantes. No podía entender cómo había llegado hasta allí la gata. Era un tobogán demasiado grande como para que hubiese saltado hasta allí, los peldaños de la escalera que llegaban hasta la cima del tobogán estaban demasiado separados, de hecho ni siquiera me cabía en la cabeza que un niño pudiese subirlos, y mucho menos aquella gata que no llegaba a ser adulta, en fin algo inexplicable. Sin dejar de mirarme, con mucha agilidad la gata se acercó a la rampa y se deslizó por el tobogán como cualquier otro niño normal. Se acercó a mi se restregó en mis pantalones negros llenándolos de pelos y se marchó corriendo. Unos metros mas allá, se paró, se dio media vuelta y me observó como si me echase la bronca por no seguirla, así que le hice caso y di unos pasos para que viera que le hacía caso. Continuó andando.
Después de unos minutos de caminata llegamos hasta un barrio totalmente desconocido para mi, con caserones grandes y enormes setos rodeándolos. La gata se coló entre las espesas ramas de uno de ellos. Yo me quedé parado observando.
La gata asomó la cabeza un minuto después. Me miró como si me estuviese preguntando la razón por la cual no la seguía y me soltó un autoritario maullido. Volvió a entrar y yo la seguí como pude.
Con mucho trabajo llegué hasta el otro lado. Allí estaba, era como una hermosa sirena con triste rostro, ojos perdidos en la melancolía del vacío. A través de aquel cristal de la ventana encontré a la más perfecta diosa. Pero su mirada triste después de hacerme feliz, hizo que se me encogiese el corazón. Deseaba poder abrazarla y besarle esos rojos y hermosos labios. Pero me había colado en su jardín y probablemente me daría con un bate en la cabeza antes de dejarme tocarla. Así que decidí que, en aquella ocasión, era mejor marcharme y sufrir por ella...
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